Manifiesto de Siracusa
Por Siracusa 2.0
Lejos de Siracusa, Noviembre de 2007
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Resulta, pues, que de todas las ciencias aplicadas, la política es aquella en que la teoría discrepa más de la práctica y nadie sería menos idóneo para regir una comunidad pública que los teóricos o filósofos.
- Baruch Spinoza, Tratado político
Introito
Cuentan que, hacia el 361, el intelectual Aristipo se encontró con el filósofo Platón en la corte siracusana de Dioniso. Aristipo se dirigía al tirano de rodillas, con el convencimiento de que para ser oído por él necesitaba poner la boca en sus pies, que es donde tienen las orejas los tiranos. Platón, por el contrario, siempre habló de pie. Es bien sabido que Aristipo abandonó Siracusa con una bolsa de oro, mientras que Platón fue vendido por Dioniso como esclavo.
El tirano moderno no es necesariamente un hombre. Frecuentemente toma la forma de una multitud. De hecho al tirano moderno lo instituye como tal la moral cortesana del intelectual. El tirano moderno es el ídolo de la razón, sea cual sea su forma. Por eso no hay otro antídoto contra cualquier forma de tiranía que la libertad -efectiva y radical- de la teoría. Por el mismo motivo, no parece que estén prestando un gran servicio a la democracia liberal los filósofos que se dedican a hace pasar por textos filosóficos meros manuales de autoayuda. Los que actúan de esta manera se degradan inmediatamente a la condición de intelectuales orgánicos de una u otra tiranía. Claro que en una situación como la actual, en la que casi el 20% de los libros que se venden son manuales de autoayuda, ¿qué sentido tiene hablar de pie? Hallamos una respuesta a esta pregunta en la «Encyclopédie», al tratar, precisamente, de la «moral cortesana»:
No obstante (pues no queremos despreciar nada) es quizás necesario que haya en la corte filósofos, como es necesario que haya en la república de las letras profesores de árabe, para enseñar una lengua que nadie estudia.
Capital y progreso
Aunque el comercio a larga distancia de objetos de adorno y vestidos comienza en la edad de piedra [1], el gran trabajo de la civilización comercial se desencadena en la época clásica (fenicios, griegos, romanos), prosigue tras el colapso del Imperio en las ciudades italianas libres del medioevo, y alcanza un punto culminante en la revolución industrial del siglo XIX: por primera vez algunos hombres abandonan la expectativa de existencia que caracterizó a las bandas de cazadores-recolectores [2].
A su marcha, la Cosmópolis de los mercaderes ha derrumbado visiones del mundo, ha roto en pedazos dogmas religiosos y ha seleccionado el «espíritu» que le convenía.
Hay terror y grandeza en esta astucia de la libertad que enriquece naciones y particulares, destruye culturas, revoluciona la ciencia y la política, y ya había vuelto imposible el sueño de la autarquía en tiempos de Platón.
El capitalismo no es una substancia separada, un espíritu sin carne ni historia, sino un «régimen político donde la parte del producto que no exige ser consumida inmediatamente puede en principio corresponder a cualquiera, y cambiar de manos» [3]. El proceso de mercado no puede comprenderse al margen del proceso político, y de las relaciones sociales, jurídicas, tecnológicas &c.
Bajo este nuevo «régimen» la población mundial «progresa» de 1000 a 7000 millones. El volumen de riqueza global se incrementa de modo espectacular, aunque desigual, porque igualmente desiguales son los distintos «sistemas capitalistas»: capitalismo norteamericano, capitalismo europeo, capitalismo asiático, etcétera. Los ciudadanos europeos son hoy 19 veces más ricos que en 1820. Los latinoamericanos, 9, los asiáticos, 6, y los africanos 3 veces más ricos [4].
Desde el punto de vista de los 7.000 millones, el sistema capitalista cumple en general la «Ley de Dollo» [5] de la evolución histórica, puesto que «produce obras que jamás habrían podido históricamente ser construidas por otro sistema» [6]. Presuntos «revolucionarios», «antifascistas» (fascista es, habitualmente, el que llama a otro «fascista») y «altermundistas» de todos los partidos son sólo nostálgicos del primitivismo en tanto y cuanto no aborden en serio la tarea, ya advertida por Lenin o Trotsky, de aprender «los métodos de la economía de mercado».
Política
Toda sociedad política es posible en la medida en que las diferencias naturales son preservadas de alguna manera, y lo que llamamos «estado» sólo puede nacer tras la «revolución de la agricultura», desafíando el miedo «natural» al poder absoluto que caracterizaba al sistema primitivo de jefaturas [7]. El animal monstruoso o «Leviatán», como lo bautizó Thomas Hobbes, abre el paso a siglos de rivalidad imperial, de guerras, paz y guerras.
Las ideas de 1789 planean suprimir la dialéctica del amo y el esclavo, pero lo que desencadenan es un nuevo período de conflictos nacionales. En la era moderna tampoco es posible dejar de conservar las diferencias entre gobernantes y gobernados, ciudadanos y propietarios, políticos y mercaderes. Nadie logra resolver la antítesis. Ni la república revolucionaria, ni la siempre aplazada sociedad socialista, ni la ciudad de Dios.
No hay un Estado Universal Homogéneo ni una «paz perpetua» al final de la historia, pero la democracia liberal acredita en el siglo XX ser una solución más estable que el despotismo, el fascismo o el comunismo. No transforma a todos los hombres en ciudadanos, ni realiza la libertad en la tierra, pero no desemboca en el Gulag [8]. Por fortuna tampoco se trata de una república de filósofos, y al menos consigue dejar en mal lugar a los tiranos, los caníbales, los teócratas.
Aún en las naciones más pletóricamente liberales, donde no se muere de hambre pero existe el riesgo de hacerlo de aburrimiento, el poder político continúa ejerciendo una presión sistemática contra la sociedad civil. El «bienestar» y su felicidad paradójica [9] precipitan el eterno retorno de las utopías. Junto con una sensación generalizada de irrealidad, y de evaporización de las ideologías, aparecen también los llamados nuevos «movimientos sociales» en la izquierda, el descontento «republicano» contra la monarquía de partidos en España, la lucha de socialdemócratas y conservadores religiosos por el monopolio del adoctrinamiento, o la crítica de los liberales clásicos contra la fatal arrogancia del estado.
Ecopolítica
La humana es la primera especie en convertirse en una fuerza geofísica capaz de alterar el clima de la tierra a una escala sólo accesible con anterioridad a la tectónica de placas, las llamaradas solares o las glaciaciones. Desde el hipotético meteorito que cayó cerca de Yucatán hace 65 millones de años, somos también los mayores destructores conocidos de vida. A partir de la humanidad de los 7.000 millones es comprensible que haya llegado a desarrollarse una nueva ética ambiental y una ecología económica que quizás responda a lo que E.O. Wilson llamó el verdadero significado de «conservadurismo» [10].
A excepción de los primitivistas radicales, al estilo de John Zerzan, casi todos damos por supuesto que el «sistema» capitalista, tal y como se define en la primera sección, es irreversible. Pero existen distintas interpretaciones sobre el modo de frenar sus efectos en la vida humana y sus ecosistemas, a cuyos hábitats tradicionales nos sentimos en general apegados por un sentimiento común que los biólogos llaman «selección de hábitat». Es a partir de esta nueva conciencia conservacionista cuando empezarán a tomar forma las discusiones en torno al «desarrollo sostenible» [11] y la economía ecológica. Ya sea a través del gradualismo (IPCC), o del crudo crudo catastrofismo puesto de moda por Al Gore, algunos llegarán a entender como una obvia verdad la necesidad de frenar el «tren desbocado» [12].
La teoría catastrofista del cambio climático no es una religión, y tampoco es una forma de «socialismo», aunque preserve preocupantes similitudes con ambos elementos. De hecho, los principales líderes del catastrofismo climático no pueden dejar de recordarnos, aún con sus rostros sonrientes y su perfumada retórica, a las medidas políticas que los comunistas soviéticos o los nacionalsocialistas alemanes pretendían estar tomando en función de su «conocimiento fundamentalista de las leyes históricas» [13].
Algunos defensores de la teoría «catastrofista» parecen identificarse acríticamente, en cuanto políticos o «científicos comprometidos» [14], con la «conciencia ecologista» misma, prohibiendo a priori cualquier actitud escéptica sobre la pulcritud de sus intenciones: ¿Pero es que las medidas de Kioto encaminadas a la reducción de emisiones de CO2 no podrían encubrir motivos comerciales y políticos mucho más concretos, por ejemplo, al promocionar fuentes de energía «alternativas» a la combustión de carbón?
Sin negar que todas estas cuestiones deban estudiarse con rigor y método; tanto desde la iniciativa pública como desde la privada, sospechamos de las afirmaciones dogmáticas 13desde las admoniciones de los profetas del cambio a las moderadas recomendaciones del IPCC [15], cuando estas no se encuentran abiertamente respaldadas por la ciencia positiva libre de presiones políticas.
Geopolítica y teopolítica
El 11 de septiembre de 2001 el mundo que quería ser civilizado recordó que es mortal. La etapa del optimismo secularista, donde ya ni siquiera sería preciso conjugar el verbo «creer», la etapa de los «acuerdos de Oslo» (1993) y de la alegría por los muros derribados, podía darse por definitivamente concluída. Sólo unos meses después del ataque el presidente de los Estados Unidos George Bush II, solicitaba la solidaridad de sus compatriotas para «ganar la guerra contra el terrorismo» [16].
El cambio de rumbo decisivo en la política exterior norteamericana toma carta de naturaleza en un discurso pronunciado por George Bush II en noviembre de 2003 [17], toda una inflexión ideológica que Daniel Pipes no dudaría en calificar como «revolucionaria». Con la nueva directriz, la forma de la política exterior norteamericana se alejaba un tanto de la teoría tradicional (Doctrina Monroe, Gobierno indirecto inglés, Imperialismo comercial, etc.) acercándose aparentemente a la herencia del imperialismo español o napoleónico, que tampoco se conformaba con cumplir ciertos objetivos comerciales al margen de un plan de transformación política mucho más ambicioso. En el discurso de 2003, Bush se lamentaba por las excusas acomodaticias de las naciones occidentales para justificar la falta de «libertad» en oriente medio: «En tanto y cuanto Medio Oriente siga siendo un lugar donde no florece la libertad, permanecerá como un lugar para el estancamiento, el resentimiento y la violencia preparada para ser exportada». La nueva estrategia [18], que desembocará en la invasión de Iraq en marzo de 2003, venía a moverse desde la disuasión (deterrence) hacia la prevención (preeemption) en una combinación de defensa, preservación y extensión, no tanto de una «paz democráctica» abstracta, sino de la «pax americana» particular.
Desde luego, la decisión final de invadir Iraq (cuyo objetivo último -zwek [19]- acaso no era Bagdad, ni Riad, ni Teherán, sino Pekín) no es separable del bloqueo de sus importantes reservas petrolíferas a raíz de la anterior guerra del golfo (1991) combinada con la pésima y criminal gestión del régimen baazista, y debe ser cuidadosamente distinguida de las justificaciones ideológicas para la «justum bellum» basadas en la extensión de la «libertad» o la «democracia». En cualquier caso, la decisión de iniciar las hostilidades no carece de una ratio política específica. Lo cierto es que el petróleo era entonces, y hoy sigue siendo, verdaderamente esencial para mantener el «bienestar» y la seguridad, no sólo de los Estados Unidos, sino de las mismas naciones occidentales en las que se desataron multitudinarias manifestaciones públicas (¡No a la guerra!) en contra de la ocupación. Robert Kagan [20] ha criticado de modo muy lúcido esta «falsa conciencia» de la política exterior europea de acuerdo con un equilibrio dialéctico no siempre apercibido entre Poder y Debilidad: demasiado respeto mata [21].
Más de cuatro años y un millón de muertos más tarde [22], no sólo los izquierdistas tradicionalmente enfrentados con el «imperialismo», sino también algunos conservadores como Francis Fukuyama [23] han criticado la nueva estrategia norteamericana por su alto componente utópico y la desconexión entre los principios de «extender» la democracia y la demanda interna real de las sociedades árabes. Entre muchos «izquierdistas» y «progresistas» aún es moneda corriente la concepción del conflicto en oriente medio como una expresión quintaesencial del carácter depredador del imperialismo, sobre todo a raíz de las dos guerras del golfo. Una interpretación dramatizada de la «lucha de clases» que suele también ampliarse hasta el conflicto árabe-israelí: a pesar de que sólo le corresponderían en torno a un 0,06% del porcentaje de muertes en conflicto en el mundo [24] (y que más del 90% caen a manos de correligionarios musulmanes), éste asunto ha logrado imponerse a la atención mediática e ideológica mundial, pasando por encima de los alrededor de 4 millones de víctimas mortales sólo en el Congo, desde 1998.
Pero la historia de las amenazas islamistas contra occidente, y contra España en particular, dramáticamente manifestadas la mañana del 11 de marzo de 2004, no proceden en particular de la guerra de Iraq, sino que parecen remontarse en la época moderna hasta los años ochenta del siglo pasado. La «Declaración de guerra contra judíos y cruzados» de 1998, pongamos por caso, pero sobre todo la declaración de Bin Laden televisada tras los ataques al «corazón del Imperio» de los Estados Unidos de América el 11 de septiembre de 2001, y en donde aseguraba que «El mundo tiene que saber que no vamos a permitir que se vuelva a repetir con Palestina la tragedia de Al Andalus.» [25], son enteramente compatibles con la «teoría de la yihad global», como la ha llamado el diplomático español Gustavo de Arístegui [26]. Todavía en noviembre de 2007, Ayman al-Zawahri, el número dos de Al-Qaeda, instaba a los musulmanes del Magreb a atacar sin piedad los intereses de los «infieles diabólicos» estadounidenses, franceses y españoles.
De cualquier modo, la interpretación de estos repetidos actos amenazantes como expresiones más o menos anecdóticas obra de «fanáticos» o «fundamentalistas» aislados, o bien como argumentos inventados por «el Imperio» para construir un casus belli imaginario (una especie de accidente desgraciado que una indeterminada «Alianza de civilizaciones» pudiera dejar atrás), nos parece que es enteramente despreciable.
Si cabe hablar de fracaso en la «guerra contra el terror», la causa habrá que buscarla más en el terreno de la prudencia política, en la incapacidad para responder a una nueva modalidad de conflicto basado no en la guerra convencional sino en los conflictos llamados de «cuarta generación» [27] del siglo XXI, que en la vieja teoría del imperialismo, en conspiraciones «judeodarwinistas» [28] o en la psicopatología de los líderes.
La guerra, no la tiranía, es inevitable. Entendemos que el mundo de la geopolítica sigue siendo fundamentalmente hobbesiano y no «vitoriano» [29]. No apostamos porque ninguna fantasía internacionalista logre aliviar de una vez por todas el «estado de naturaleza» político, como llamó Kant [30] a la lucha de estados, y contemplamos con simpatía un posible «concierto de democracias» [31] más realista contra la tiranía.
Final
Si pretendemos no fracasar en la gran contienda ideológica de esta época, es preciso percatarnos de a qué nos enfrentamos:
Rechazamos la tiranía de las multitudes, las nuevas formas de colectivismo religioso o secular, que destruyen las ideas de libertad y responsabilidad individual.
Rechazamos el nuevo racismo que pretende definir lo político en torno a la Etnia o la Cultura.
Rechazamos cualquier tentativa, en el nombre del mal entendido progresismo, de arrebatar a las generaciones su derecho al pasado [32], y a su prestente [33].
Rechazamos el anuncio del fín de la política, o de la democracia, en nombre de utopías moralmente superiores.
Rechazamos las enfermedades particularistas del izquierdismo: antiamericanismo, judeofobia, indigenismo.
Rechazamos el miedo a la ciencia de los conservadores religiosos.
Rechazamos la subyugación de las mujeres por motivos religiosos o «culturales».
Rechazamos la asunción de que sólo los judeocristianos «occidentales» pueden desarrollar la democracia liberal y no nos resignamos a aceptar el fanatismo religioso como la única expresión posible del Islam.
Notas:
[1] Menguin, O. Die Weltwiirstschaaft der Steinzeit, citado por Renè Konig en La moda en el proceso de la civilización, Engloba, 2002
[2] Según la tesis de Gregory Clark, en A Farewell to Alms: A Brief Economic History of the World (Princeton Economic History of the Western World).
[3] Escohotado, A., Los enemigos del comercio. Versión en internet aquí
[4] De acuerdo con la estimación de Johan Norberg.
[5] Cf. Wikipedia, Dollo’s Law: Dollo’s Law or Dollo’s Principle is a hypothesis proposed by French-born belgian paleontologist Louis Dollo (1857-1931) in 1890 that states that evolution is not reversible. This law was first stated by Dollo in this way: “An organism is unable to return, even partially, to a previous stage already realized in the ranks of its ancestors.
[6] Bueno, G. La fe del ateo, Temas de hoy, 2007
[7] Según la tesis clásica de Pierre Clastres en La sociedad contra el estado.
[8] Bitácora de Kantor, La guerra fría II, la degradación corporativa de la democracia, aquí
[9] Lipovetsky, G. La felicidad paradójica, Anagrama, 2007
[10] Wilson, E, O. Consilience. La unidad del conocimiento, Círculo de lectores, Barcelona, 1999
[11] Dice, José Manuel Naredo, en la página 155 de La economía en evolución: “Pues si el objeto de la ciencia económica son las riquezas y no las cosas útiles en general y si toma como objetivo acrecentar el subconjunto de aquellas -por definición escasas- y no el conjunto de cosas útiles, este objetivo conducirá a la escasez y no a la abundancia: por mucho que aumenten las riquezas no por ello dejarán de ser lo que son por definición -escasas y trabajosas de obtener-. Las empresas que tengan como móvil acumular beneficios pecuniarios por la venta de productos nunca trabajarán para hacer que éstos se conviertan en abundantes y gratuitos, sino en recortar esta posibilidad que, si ocurriera, les quitaría su razón de ser”.
[12] Una metáfora habitualmente empleada, por ejemplo, en uno de los manuales para la llamada “Educación para la ciudadanía” editados recientemente en España.
[13] Bueno, G., Op. Cit, Pág. 262
[14] La Unión de Científicos Comprometidos (Union of Concernet Scientists) afirma en su página web (www.ucsusa.org) que es una organización sin ánimo de lucro y basada en la ciencia que trabaja por un medio ambiente y un mundo más seguro.
[15] Intergovernmental Panel on Climate Change, www.ipcc.ch
[16] Mensaje del presidente a la nación, septiembre de 2001, en www.whitehouse.gov
[17] President Bush Discusses Freedom in Iraq and Middle East, noviembre de 2003, en www.whitehouse.gov
[18] Condoleezza Rice Discusses President’s National Security Strategy, octubre de 2002, en www.whitehouse.gov
[19] Clausewitz distinguía entre el objetivo militar inmediato (Ziel) y el fín geopolítico más profundo que lo envolvía (Zwek).
[20] Kagan, R. Power and weakness, Policy review, 2002, en www.newamericancentury.org
[21] André Glucksman escribía en Occidente contra occidente (Taurus, 2004) contra el formalismo jurídico característico de muchas posturas “pacifistas” del presente: “Demasiado respeto mata. La santa legitimidad de un Consejo de Seguridad a menudo sordo y ciego, paralizado por sus disensiones, no autoriza a nadie a dejar que los horrores aumenten y perseveren.” Pág. 86
[22] Según una estimación de Opinion Research Business en septiembre de 2007, en.wikipedia.org
[23] Fukuyama, F. After the Neocons: America at the Crossroads, 2006
[24] Según el cálculo efectuado por Daniel Pipes y Gunnar Heinsohn aquí.
[25] No se repetirá la tragedia de Al-Andalus, Octubre de 2001, en www.filosofia.org.
[26] De Arístegui, G. La yihad en España, 2005.
[27] Robb, J., Brave New War: The Next Stage of Terrorism and the End of Globalization, 2006. 4GW, Fourth Generation Warfare en Global Guerrillas
[28] The List: The World 19s Stupidest Fatwas, Foreign Policy, julio de 2007, en www.foreignpolicy.com
[29] Nos referimos a Francisco de Vitoria (1483-1546), uno de los fundadores del derecho internacional moderno.
[30] Escribe Kant, en La paz perpetua: “Para los estados, en sus mutuas relaciones, no hay en razón ninguna otra manera de salir de la situación anárquica, origen de continuas guerras, que sacrificar, como hacen los individuos, su salvaje libertad sin freno y reducirse a públicas leyes coactivas, constituyendo así un Estado de naciones -civitas gentium- que, aumentando sin cesar, llegue por fín a contener en su seno a todos los pueblos de la tierra”.
[31] El Concierto de Democracias (Concert of Democracies) es un proyecto de Princeton que se propone: “fortalecer la cooperación de seguridad entre las democracias liberales del mundo y proveer un marco en el que puedan trabajar juntos y abordar eficientemente desafíos comunes, de modo ideal dentro de las instituciones globales y regionales, pero si estas instituciones fracasan, entonces independientemente, funcionando como un punto focal para aquellos esfuerzos destinados a extender alrededor del mundo la libertad bajo la ley. Serviría como una encarnación y una ratificación institucional de la “paz democrática”. en.wikipedia.org
[32] Una expresión (”Derecho a la continuidad”) que utiliza José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas: “Esta grave disociación de pretérito y presente es el hecho general de nuestra época y en ella va incluida la sospecha, más o menos confusa, que engendra el azoramiento peculiar de la vida en estos años. Sentimos que de pronto nos hemos quedado solos sobre la tierra los hombres actuales; que los muertos no se murieron de broma, sino completamente; que ya no pueden ayudarnos. El resto de espíritu tradicional se ha evaporado. Los modelos, las normas, las pautas, no nos sirven. Tenemos que resolvernos nuestros problemas sin colaboración activa del pasado, en pleno actualismo -sean de arte, de ciencia o de política. El europeo está solo, sin muertos vivientes a su vera; como Pedro Schlemihl, ha perdido su sombra. Es lo que acontece siempre que llega el mediodía.”.
[33] “[La disposición conservadora] se centra en una propensión a usar y disfrutar lo que se encuentra disponible en lugar de desear o buscar otra cosa; deleitarse en lo que está presente y no en lo que estaba o podría estar. La reflexión puede dar a luz una gratitud apropiada por lo que está disponible, y en consecuencia, el reconocimiento de un regalo o una herencia del pasado; pero no debe entenderse como una mera idolatría de lo pasado que ya no está. Lo que se estima es el presente, y no se estima por sus conexiones con una antigüedad remota, ni porque se reconozca como algo más admirable que cualquier alternativa posible, sino a causa de su familiaridad: no Verweile doch, du bist so schön, sino Permanece conmigo, porque me he acostumbrado a ti”. Oakeshott, M. Qué es ser conservador en El racionalismo en la política y otros ensayos. FCE, 2000.

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