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El Imperio Legítimo

Por Isidoro Lamas Insua

La Coruña. Abril de 2008

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Que los ciudadanos de Samos sean atenienses a partir de hoy, que ambas ciudades sean un sólo estado y que los ciudadanos de Samos resuelvan sus asuntos internos como mejor dispongan, conservando sus leyes.

La Historia no tiene sentido. No existe ninguna ley histórica. No estamos condenados a ser protagonistas de algo científicamente predecible. Somos libres. Por esto el mal bajo el que viven y mueren los hombres no pertenece a una esfera ajena al individuo. La comunidad humana es como es porque está formada por humanos. Pese a que las importantes decisiones en torno a la sociedad que un individuo puede tomar son basadas en hechos siempre es posible una tal variedad de opciones que se ve invalidada esa noción de la sociedad bajo la cual los hechos sobrepasan y exoneran de sus actos a los individuos [1]. Una vez se acepta esto - que somos libres y abstractamente culpables de los hechos - resulta inevitable asumir que la existencia de los derechos del hombre, del Derecho en suma, está subordinada a una permanente lucha por su afirmación: una guerra perpetua [2].

La guerra, y no la tiranía, es inevitable. Los tiranos y los criminales son seres humanos. Está en nuestra naturaleza echar mano de la agresión, el robo y otras muchas cosas para obtener ventajas. En tanto haya hombres subsistirá el crimen y las miserias del despotismo, en todas las esferas, lucharán por imponerse. No parece posible, ni tampoco deseable, el alterar la naturaleza humana para intentar evitar sus más tétricas manifestaciones. La larga experiencia humana demuestra lo fútil del intento: ni los peores tiranos ni las más fuertes ideologías han conseguido imponer cambios en la esencia del hombre y su actuar. No parece razonable pensar que regímenes políticos representativos, o la actividad de grupos de presión, pudieran lograrlo. Debe aceptarse, más bien, la realidad y construirse sobre ella. Quien se enfrenta a tiranos, asesinos y criminales en general se está enfrentando no a enfermos o criaturas inhumanas sino a hombres; hombres que persiguen unos intereses particulares a través de una serie de medios que son juzgados como reprobables pero que, al fin y al cabo, nada sino otros hombres les puede impedir emplear. Y no lo impedirán con plegarias sino mediante acciones.

Desde el momento en que una sociedad es producto de quienes la conforman y desde el momento en que las reglas sólo lo son en la medida en que se imponen parece necesario determinar quién dicta esas reglas. ¿Deberían dictar las reglas los más ancianos, los más ricos, los más sabios, los más numerosos o los más fuertes? La pregunta tiene tantas respuestas como intereses sean imaginables. ¿Pero qué clase de objeto perseguiría el que apoyase que mandasen unos u otros? La respuesta: justicia. ¿Y qué es justo? En base al concepto de justicia que uno defienda apoyará una forma de gobierno u otra. Porque aún aceptando que el objetivo del poder es el poder no se puede ver, incluso en tal concepción, en la lucha por el poder sino una afirmación de alguna clase de justicia - en tanto en ninguna sociedad desarrollada se puede aspirar a un “poder desnudo”. Con esto se demuestra que la pregunta acerca de quién debe gobernar es superficial, de importancia sólo aparente. La pregunta verdaderamente importante es cómo se ha de gobernar.

La prudencia, esto es: la comprensión de la Historia, nos induce a pensar que la mejor forma de gobierno es aquélla que sea más estable - entendiendo estable como el pacífico turno en la ostentación del poder - y permita un mayor rango de decisiones a quienes viven bajo ella. En el largo plazo, para toda sociedad, la forma de gobierno que cumple estos dos rasgos de forma satisfactoria es la república. En el corto o medio plazo es preciso señalar, no obstante, que la república no siempre es posible como instrumento de progreso. Hay sociedades en las que la república no puede implantarse más que en forma de una democracia cosmética que rápidamente deriva en oclocracia o tiranía. El marco legal importa y hay sociedades en las que sencillamente una autoridad local no puede hacer valer la ley sin desaparecer o conducir a la guerra al país. A esta clase de sociedades, que son en apariencia impermeables a los valores republicanos, les corresponden en la actualidad los estados fallidos o los estados canallas (rogue states): unos peligrosos agujeros negros de información que, entre otras cosas, han sido responsables del relativamente reciente auge del terrorismo global. Muchas de esas sociedades son, por añadidura, atrasadas no sólo en lo político sino en todo: son tribales.

El final de la Primera Guerra Mundial estuvo protagonizado por la particular visión de la política global del presidente norteamericano Woodrow Wilson. Era una visión homomórfica del Estado según la cual todos los estados, con independencia de su poder, tienen una serie de derechos y obligaciones iguales. Según Wilson los estados lo eran en tanto así se autodeterminaban las diversas naciones. Era una noción del Estado según la cual de un modo acaso inopinado se venía a romper con el concepto del ciudadano cuyo éxito irónicamente representaba EEUU: “de pluribus unum”. No importan, en último término, los derechos sino el poder de decir quién tiene derechos. Un poder que no se sujeta sino a un acuerdo - o posición de poder - lo suficientemente mayoritario - o firme -. De este modo se dejaba claro que en todo caso lo rechazable sería el imperialismo. Lo sería en la medida en que supone, de hecho, una negación del principio de autodeterminación y todo el sistema de legitimación del poder pergeñado por el wilsonismo.

Pero en tanto en 1918 caen el imperio austro-húngaro y el otomano; surge, como reformulación del zarismo, el soviético. Este imperio, como el nazi después, se basaba en una ideología fuerte. Dicha ideología era el marxismo. En cuestiones de geopolítica el marxismo es, con mucho, la ideología más exitosa habida. La dialéctica del opresor y el oprimido es omnipresente. Y lo que es más llamativo: la condena del imperialismo como una forma de opresión capitalista sigue teniendo una presencia sorprendente en todas las reflexiones en torno a la política global. Lejos, no obstante, de la alambicada teoría auxiliar del imperialismo, es bastante popular la idea de que a los poderes occidentales representados por EEUU le interesa la existencia de zonas empobrecidas y que de cierto modo sustentan, de un modo no explicado, la riqueza del mundo avanzado. Esta concepción del tráfico internacional de riqueza como un mercado de suma cero tiene mucha fuerza entre amplias capas de las poblaciones occidentales. Lo irónico es que los mismos que creen en tal concepción del comercio sean quienes se niegan a abrir los mercados primarios a los africanos o los asiáticos.

El concepto de Imperio se ve así condenado por dos fuentes importantes. Por una parte se ve condenado por el internacionalismo democrático o “liberal” y por otra parte por el internacionalismo socialista. El imperio pasa de ser una forma de Estado a ser una forma de injusticia y una forma de maldad. Se confunde el medio con el fin.

Llegado el momento - tras el fin de la Segunda Guerra Mundial - estas ideas se traducen en hechos. Se acepta de forma definitiva el concepto de autodeterminación y se instituye una Organización de las Naciones Unidas bajo el liderazgo de los vencedores de la guerra. En adelante el recurso a la fuerza y la noción de legalidad internacional se deja en manos de un Consejo de Seguridad dirigido por los vencedores de la conflagración mundial: adoptándose un sistema de legitimación similar al fundado en el papado durante el medioevo. Se procede a la descolonización de inmensos territorios. Para muchos dichos acontecimientos señalaban el inicio de una suerte de liberación para los oprimidos del mundo que les llevaría a la prosperidad. La realidad fue muy distinta. A cada autodeterminación le siguió, en un número muy elevado de casos, una rápida farsa democrática traducida en no mucho tiempo en tiranías explícitas que condujeron al agotamiento, el aislamiento y la ruina de gran cantidad de los países descolonizados. Bajo la excusa del nacionalismo económico o del socialismo “popular ” personas e intereses siniestros se hicieron con la mayor parte de las riquezas en el llamado “Tercer Mundo”. Cientos, miles, millones morirían al Sol de su “liberación”. Del mismo modo que nos intrigaría preguntar acerca de sus prioridades a un ciudadano del bajo imperio romano tras informarle de las consecuencias de la caída del imperio parece tentador preguntarse si un africano, por ejemplo, apoyaría la autodeterminación de su terruño allá por los años sesenta sabiendo las consecuencias que tendría. No, parece que la “liberación” proporcionada por la eclosión estatal de la descolonización no consistía en progreso alguno más allá del papel. Se concluye, fácilmente, de las meras y desnudas cifras, que la descolonización supuso y sigue suponiendo un desastre humano de proporciones gigantescas [3].

En realidad la autodeterminación es un principio despreciable en la medida en que conduzca al fomento de actividades despreciables. La guerra de secesión norteamericana se libró como consecuencia de la negación del derecho de autodeterminación - entonces llamado simplemente “derecho de secesión” - por parte del gobierno federal de los EEUU a siete de sus estados miembros, quiénes sostenían que la esclavitud era legítima. Muchos dirán hoy que se hizo bien en rechazar la autodeterminación [4]. ¿No ha garantizado la autodeterminación de muchas de las naciones de papel como las africanas el retorno de la esclavitud, las guerras tribales, las masacres étnicas, el hambre arrasadora? ¿Por qué se invoca entonces el principio de autodeterminación como objeción a la totalidad de cuanto sea intervenir en los asuntos de un continente como el africano? Tal vez porque se crea en la existencia de alternativas a la intervención directa.

Thomas Jefferson se figuró en su momento que la era de la guerra había terminado y que en un futuro el papel que jugaban por entonces soldados y cañones pasarían a representarlo comerciantes y mercancías. Dicho pensamiento, que obviamente no era sino una ingenua ilusión, sigue siendo hoy asumido no sólo por el público sino por muchos políticos y economistas. Del mismo modo en que generales de bandos opuestos pensaron durante casi toda la Primera Guerra mundial estar a unos pocos meses de la victoria final, los voluntaristas partidarios del laissez faire creen generación tras generación que una suerte de “muerte del estado” es inevitable y está en marcha. Este historicismo liberal desprecia ostensiblemente la vertiente política del actuar humano y se centra en los modelos económicos, asumiendo un discurso profético merced al cual habríamos de ignorar las necesidades institucionales en pro de una noción de libre comercio que evita, o aspira a evitar, que aquello que se asume como propiedad donde no hay libertad no es propiedad sino feudo o robo. El tribalismo y determinadas estructuras de poder son incompatibles con la propiedad o la libertad individual. Por esto, hablar de “libre comercio entre pueblos” es absurdo cuando una de las partes no existe o sólo es una elite de villanos y déspotas.

Por otra parte está la visión estatista. Según ésta, los problemas de lugares como África se verían resueltos en tanto se enviase más ayuda a fondo perdido o condicionada (en esto se igualarían a la política de los liberales) a la condonación de deudas preexistentes. Para esta visión, al igual que la liberal, pareciera que los señores de la guerra, los genocidas o los guerrilleros fundamentalistas son una suerte de invento de la prensa o un mal sueño. ¿De qué sirve hacer envíos de comida, medicamentos y ropa a lugares donde nadie tiene derecho a la comida que posee, a los medicamentos que emplea o la ropa que adquiere? El paradigma de lo demencial de esta posición lo hallamos en una campaña llevada a cabo durante finales de los años 90 por la española Orden de la Merced. Dicha orden montó una campaña de ayuda al pueblo sudanés consistente en la compra (sic) de esclavos sudaneses para su posterior liberación. Buena parte del entramado “asistencial” a África constituye la misma clase de “ayuda” al pueblo africano que la de la Orden de la Merced. Cada envío de ayuda a África hace más fuertes a los ladrones a cambio de mejoras globalmente ridículas para los teóricos receptores de ayuda. Es legítimo y puede que inevitable el sentirse mal por vivir bien en un mundo donde el infierno es la vida común de millones de personas. No obstante la gente debería ser mejor informada acerca del grado de inutilidad que supone, de cara a la “liberación” o “progreso” de África y otros lugares similares, la caridad internacional. Al igual que con el caso del socialismo, no se trata tanto de condenar la intención como de señalar su ineficacia: exigir que no se haga esto último por lo bondadoso de la intención es deshonesto. Asimismo nadie parece caer en la cuenta de que los envíos de cereales o ropa gratuitos que usualmente se hacen a África en el medio plazo ponen en serio peligro la existencia o nacimiento de alguna clase de agricultura o sector productivo en el lugar: convirtiendo así al África toda en un parásito [5].

Debe hacerse especial hincapié en que si bien el número de conflictos interestatales decrece, entre otras cosas por la acción internacional al respecto, la forma más mortífera de guerra sigue presente en enormes territorios: la guerra civil de clase cultural basada en la autodeterminación. A un mayor grado de diversidad o fragmentación étnica o cultural le sigue un mayor riesgo de guerra civil [6]. Sin embargo la concepción onusiana o wilsoniana fomenta dicha fragmentación, suponiéndola, como se ha mostrado, la base misma de la legitimidad del poder público. El actual concierto internacional, por tanto, fomenta los conflictos étnicos y no al revés. No parece correcto, por esto, el asumir que las sociedades humanas del Globo, “abandonadas a sí mismas” estén preparadas para ignorar lo étnico o cultural en pro de un internacionalismo pacifista basado en los Derechos Humanos o concepciones similares.

Por el contrario se comienza a aceptar que la amenaza de sanciones económicas, la creación de dependencia financiera mediante ayuda externa, las misiones de mantenimiento de la paz, etc, son en buena medida ineficaces para solucionar los problemas internacionales. Parece ser de nuevo la hora de la intervención directa.

Los ejemplos recientes más llamativos de la nueva asunción, tácita, del imperialismo como medio de pacificación internacional son los de la actuación norteamericana y británica tanto en los Balcanes como en Afganistán o Iraq. Mediante estructuras formales internacionales o alianzas ad hoc tanto los británicos como los norteamericanos han hecho acto de presencia en diversas áreas del planeta afirmando su derecho a imponer, en base a su propio poder, la “legalidad internacional”. Se ignora de tal forma al sistema del Consejo de Seguridad, rechazando la noción onusiana de legitimidad internacional. La soberanía de los estados se ve desplazada por el interés occidental representado por EEUU y sus aliados. Se vea en ello un peligro o no constituye, sin lugar a dudas, una oportunidad.

Del mismo modo en que ningún Estado puede considerarse bueno por el hecho de fundamentarse en una mayoría étnica o cultural no parece correcto desestimar la forma imperial por el hecho de no basarse en dichas mayorías u homogeneidad. Al contrario de lo que de un modo u otro aceptó el wilsonismo o el sistema onusiano derivado de él los valores en base a los cuales se constituye el Estado importan. De tal modo debe buscarse una estructura eficaz, y eficiente, de gobierno y administración merced a la cual sea posible llevar el progreso, los valores de libertad occidentales - una vez desestimadas como ineficientes e ineficaces las políticas indirectas o “de ayuda” - a las zonas atrasadas del planeta. Asimismo, en estos días, parece importante detener a la ideología subyacente del fenómeno del terrorismo global (el jihadismo), otro azote de regiones como África, así como la proliferación de armas nucleares en regiones tan sensibles como Oriente Medio. Estos objetivos: erradicación del hambre y las matanzas, eliminación del terrorismo islámico y frustración de los proyectos nucleares de países como Irán constituyen “bienes públicos globales” que, por su potencial militar específico, sólo podemos esperar ver cumplimentados por EEUU [7].

La tarea de la pacificación de regiones tan violentas y asoladas como África tiende a ser vista como inasumible, en cuanto a sus costes, sin tener en cuenta cálculo o referencia histórica alguna. Lo cierto es que regiones como Sudán o la propia India fueron en un pasado administradas por cuerpos burocráticos de reducidas dimensiones, y por tanto bajo coste [8]. Basta comparar la situación de los países africanos bajo el imperio británico con su actual situación, teniendo en cuenta las cantidades millonarias recibidas por éstos en concepto de ayuda externa, para comprender que el problema africano es fundamentalmente de índole institucional [9]. Baste comparar, asimismo, el número reducido de funcionarios que mantenían en funcionamiento el imperio británico con el número de miembros de organizaciones internacionales hoy encargados de tareas 1Cde paz 1D para comprobar que no se trata tanto de un problema de dotación de recursos como de ausencia de autoridad [10]. De cara al progreso el aseguramiento de los bienes y personas es una cuestión esencial y no colateral. En tanto no se organice un sistema suficientemente fiable de salvaguarda institucional de los derechos de propiedad y los derechos básicos de las personas, en tanto ciudadanos, no será posible ningún progreso duradero en lugares como África. Parece preciso que las fuerzas de seguridad, la policía, y los jueces del Tercer Mundo comiencen a ejercer como tales y abandonen el bandolerismo que hasta el día de hoy les ha caracterizado so capa de intereses étnicos, tribales o “nacionales”. No parece que por sí mismos sean capaces de salir de esta “trampa de la pobreza”.

Mas siendo el institucional el problema clave del Tercer Mundo no debe obviarse la existencia de serias trabas económicas al desarrollo de los países que lo conforman. Los países más ricos siguen pagando subsidios a sus agricultores equivalentes al PIB total de África. Los subsidios estadounidenses a sus productores nacionales de algodón, por ejemplo, reducen hasta en 250 millones de dólares el valor de las exportaciones de algodón de Benín, Mali, Chad y Burkina Faso, cantidad equivalente al 3% del ingreso nacional conjunto de estos países [11]. La dramática situación de lugares como África no sería achacable a unos presuntos excesos de la Globalización sino precisamente a la ausencia o inhibición de ésta. Y aún reconociendo la importancia del mal obrado por el proteccionismo comercial de los países ricos no debe olvidarse la parte de culpa que corresponde a los gobiernos tercermundistas: y es que las economías más abiertas de entre los países en desarrollo crecieron desde que va del período de los años 70-80 a 2005 a un 4,5% anual mientras que las economías más cerradas lo hicieron tan solo a un 0,7% [12]. Es en este punto en que de nuevo se enlaza con el factor institucional.

Hay consenso entre los economistas del desarrollo en cuanto a que la “salida” de lugares como África pasa por que se eleve el monto de la inversión externa 13 debido a la aparente inviabilidad de un crecimiento basado en el ahorro nacional. Según los modelos económicos del crecimiento, en los que se basan las opiniones liberales acerca de la inutilidad del imperialismo que fueron apuntadas arriba, tal fenómeno debiera darse por sí mismo. Pero no se da. Nadie quiere invertir donde puede ser expropiado y donde los impuestos lejos de ser legales constituyen en los más de los casos una abierta extorsión. Una vez se asume esto parece útil la perfilar cuál sería el gobierno ideal para el crecimiento de los países en vías de desarrollo:

  1. Aseguraría los derechos de propiedad privada del mejor modo posible para alentar el ahorro y la inversión;
  2. aseguraría los derechos de libertad individual tanto contra los abusos de la tiranía como del crimen y la corrupción;
  3. haría cumplir el derecho contractual;
  4. proporcionaría un gobierno estable gobernado por reglas de dominio público;
  5. proporcionaría un gobierno receptivo;
  6. proporcionaría un gobierno honrado no hipotecado al favor y a la posición;
  7. proporcionaría un gobierno moderado, eficiente, poco voraz que rebajara los impuestos y redujera la cuota del gobierno en el excedente social [13].

Esta clase de gobierno no la puede proveer la buena voluntad o un plan de caridad global. Esta clase de gobierno tampoco la pueden producir los propios países africanos, en la mayor parte de los casos. Sucede esto porque están anclados en eternas disputas por el poder local y crudelísimas conflagraciones étnicas, culturales y religiosas. La solución a ello no sería redefinir el mapa africano pergeñado por pretéritos poderes colonialistas para adaptar los estados a los pueblos o tribus. No lo sería entre otras cosas porque dada la enorme cantidad de tribus y etnias, a menudo mezcladas, existentes en África semejante proyecto constituiría la definitiva convalidación de la anarquía. Antes que eso será mejor renegar del hecho cultural o étnico como fundamento del poder público y volver al concepto de nación de ciudadanos, al concepto del Estado guardián o “contractual”.

Como demuestra la Historia, la estructura política capaz de abarcar pueblos, culturas y etnias diferentes y dotarles a todos de salvaguardas para sus necesidades más básicas de subsistencia - como lo son la paz, el derecho a la vida y el derecho de propiedad - es la imperial. De un modo directo o indirecto la proyección de poder actual de EEUU se corresponde a la de un imperio, pese a que desechen tal etiqueta por su idiosincrasia libertaria, y como heredero del británico debería asumir las obligaciones de tal posición. Los ciudadanos libres del mundo deberían asimismo reconocer el rol de EEUU - y los beneficios que de hecho les proporciona su actual hegemonía 13 y ver en ellos el instrumento político para el progreso que son. Antes que apelar a la buena voluntad de las gentes, antes que reclamar de la caridad un milagro, antes que esperar que el mal se canse de hacer el mal parece preciso preguntarse de cuál es el medio mejor del que disponemos para pacificar África y poner fin a sus guerras, a sus matanzas, a sus miserias. Al fin y al cabo, parece que la única forma de superar la esclavitud y autosuficiencia del tribalismo sea mediante alguna forma de imperialismo [14]. Es nuestra responsabilidad.

Notas

[1] Sir Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, ed. Surcos (Barcelona, 2006), pág 77.

[2] Vid. Rudolf Von Ihering, La lucha por el Derecho.

[3] Dos millones de muertos en el Congo sólo desde el año 2001.

[4] Dean Acheson, “Ethics in International Relations Today”, en The Puritan Ethic in United States Foreign Policy, ed. D. L. Larson (Princeton, N.J.: Van Nostrand, 1966), págs. 134-35.

[5] James Shikwati, The developing world needs trade, not aid, to help the poor:

http://www.africanliberty.org/?q=node/33

[6] Vid P. Collier y A. Hoeffler, “On Economic Causes of Civil War”, Oxford Economic Papers 50 (1998): págs. 563-73.

[7] Vid Anexo I.

[8] El imperio británico fue administrado hacia su apogeo por un “servicio civil” de no más de tres mil miembros. Véase Deepak Lal. In defense of Empires The AIE Press (Washington D.C, 2004), pág. 23.

[9] Según el Banco Mundial el PIB per cápita de Gambia, por ejemplo, sólo creció en términos reales un 14% desde 1970: habiendo recibido 1600 millones de dólares como ayuda externa; lo que supone, de promedio, el 20% de su ingreso nacional. Vid Niall Ferguson. Coloso. Auge y caída del imperio americano ed. Debate (Barcelona, 2005), págs 250-260.

[10] Vid Anexo II.

[11] Niall Ferguson. Coloso. Auge y caída del imperio americano ed. Debate (Barcelona, 2005), pág. 254.

[12] Ibidem.

[13] Ibidem. Págs. 256-257.

[14] Sir Karl R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos ed. Surcos (Barcelona, 2006), pág 197.


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  1. [...] Esos principios me parecen loables y casi diría que los comparto. De hecho, lo haría en un mundo ideal. Pero no son autoevidentes ni están grabados a fuego en el subconsciente del Homo sapiens. Son unos principios que, si se me entiende bien, son proclamables y realizables en tanto la sociedad esté formada por personas medianamente educadas en ellos, pero no son universales a la especie. Sí, casi todos sentimos un natural rechazo a la violencia contra nuestros allegados, pero este sentimiento se devalúa gradualmente según la distancia que mantengamos con el agredido. Hasta la indiferencia de miles de muertes. Eso también forma parte de nuestro sustrato: somos empáticos, pero de manera grupal. El logro de que una parte de la Humanidad sea capaz de salir de su tribu y extender esa empatía a toda la especie no hace que, por capilaridad, esos principios se conviertan en humanos: [...]

  2. [...] una parte de la Humanidad sea capaz de salir de su tribu y extender esa empatía a toda la especie no hace que, por capilaridad, esos principios se conviertan en humanos: La guerra, y no la tiranía, es inevitable. Los tiranos y los criminales son seres humanos. Está [...]

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