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¿Los herederos de Fortuyn? El giro europeo a la derecha

Por Siracusa 2.0

Abril 26, 2009

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Cuando en los años sesenta surgió la Nueva Izquierda, algo más nació, algo que marcaría a las élites americanas de las décadas posteriores: la idea de que la Europa socialdemócrata occidental era muy superior a los capitalistas Estados Unidos. Era una pena ver cómo en los congresos académicos europeos los colegas continentales le amargaban la fiesta a cualquier pobre profesor norteamericano,  haciendo comentarios despectivos a propósito de las vergüenzas americanas del momento: Vietnam, el Watergate, Iraq, el racismo americano, la pena capital o la sanidad. Para buena parte de la izquierda americana, Europa occidental no era sino un símbolo abstracto de la utopía progresista.

Es evidente que nunca fue ajustada esta visión rosada de Europa. Por poner solo un ejemplo, la sanidad pública europea estaba fracasando debido a las escandalosas (y a veces mortales) listas de espera y la escasez de recursos. Otro ejemplo: en 2004 el think tank sueco Timbro halló que Suecia era más pobre que todos los estados americanos excepto cinco, y que Dinamarca era más pobre que todos excepto nueve. Además, en los últimos años ha ocurrido algo que complica aún más la fantasiosa visión de la izquierda: la amplia reacción de los votantes europeos occidentales contra la socialdemocracia.

Este cambio tiene dos causas principales y relacionadas entre sí. La más significativa es que en las últimas tres décadas, la elite política, cultural y académica de la Europa socialdemócrata ha gobernado y defendido vigorosamente una vasta ola de emigración del mundo musulmán, el mayor influjo conocido de estas características en la historia humana. Según la publicación Foreign Affairs, en 2005 había entre 15 y 20 millones de musulmanes en Europa occidental. Otra fuente estima que la población de británicos musulmanes se elevó de 82.000 en 1961, a 553.000 en 1981, y a dos millones en 2000, un cambio demográfico brutalmente representativo de lo que ha ocurrido en toda Europa occidental durante este periodo. El diario Times de Londres informa de que el número de musulmanes en el Reino Unido se ha elevado en medio millón de personas entre 2004 y 2008, un ritmo de crecimiento diez veces superior al del resto de la población del país.

Sin embargo, en lugar de fomentar la integración de estos inmigrantes para que se conviertan en parte de sus nuevas sociedades, los estados europeos han permitido que formen sociedades paralelas auto-segregadas gobernadas más o menos de acuerdo con la Sharia. Muchos habitantes de estos enclaves patriarcales subsisten gracias a las ayudas del Estado, poseen un pobre dominio de la lengua de su país de adopción, cuando no lo hablan en absoluto, desprecian el pluralismo democrático, desean la incorporación de Europa a la casa del Islam y apoyan -al menos en espíritu- el terrorismo contra Occidente. Una encuesta publicada en el Sunday Telegraph reveló que el 40 % de los musulmanes británicos deseaba la instauración de la Sharia en Gran Bretaña, el 14% aprobaba los ataques a las embajadas danesas como castigo contra las famosas caricaturas de Mahoma, el 13% apoyaba la violencia contra los que insultan al Islam y el 20% simpatizaba con los atentados de julio de 2005 en Londres.

Con demasiada frecuencia, tales actitudes encuentran la forma de ser puestas en práctica. Bandas juveniles omnipresentes que desprecian a los infieles han convertido las ciudades europeas en lugares crecientemente peligrosos para los no musulmanes, especialmente las mujeres, los judíos y los gays. En 2001, el 65% de las violaciones en Noruega fueron cometidas por lo que la policía del país llama hombres “no occidentales”, una categoría que representa abrumadoramente a los musulmanes, que sólo constituyen el 2% de la población. En 2005, el 82% de los crímenes en Copenhague fue cometido por inmigrantes, la mayoría de ellos musulmanes.

Los no musulmanes no son los únicos objetivos de la violencia musulmana. Una montaña de datos sugiere que las tasas de violencia familiar en estos enclaves son astronómicas. Según informa Der Spiegel, en Alemania “un porcentaje desproporcionadamente alto de mujeres que huyen a refugios son musulmanas”; en 2006, el 56% de las mujeres en los refugios noruegos eran de origen extranjero. En 2005 Deborah Scroggins contaba en The Nation que “los musulmanes sólo suponen el 5,5% de la población holandesa, pero suponen más de la mitad de las mujeres acogidas en refugios para maltratadas”. Ayaan Hirsi Ali, la activista somalí-holandesa por la democracia y los derechos de las mujeres no dudaría en decir que son mucho más que la mitad. Según ha relatado, cuando trabajaba en refugios holandeses “en ellos apenas había mujeres blancas” sino “sólo mujeres de Marruecos, Turquía, Afganistán -países musulmanes- junto con mujeres indias y de Surinam”. Cuando en 2004 ella y el cineasta Theo van Gogh intentaban arrojar luz sobre el maltrato a la mujer en la película Submission, éste fue asesinado por un extremista musulmán.

Cada vez son más los ciudadanos de Europa occidental que reconocen esta amenaza contra su bienestar y modo de vida y están dándole la espalda al establishment que ha hecho poco o nada por señalar estos problemas, empezado a votar a partidos, algunos relativamente nuevos y todos considerados derechistas, que se han atrevido a hablar en su nombre. Una medida de las dimensiones de este cambio: debido al aumento de las palizas perpetradas por jóvenes musulmanes, los gays holandeses, que hace 10 años constituían un bloque consolidado de izquierdistas, ahora apoyan a partidos conservadores en una proporción de dos a uno.

La otra gran razón del giro contra la izquierda es económica. Los europeos occidentales llevaban mucho tiempo pagando altísimos impuestos para mantener una red de asistencia social que cada vez vale menos de lo que cuesta. Estos impuestos han ralentizado el crecimiento económico. En 2005, Johnny Munkhammar, de Timbro, señalaba que en la primera mitad del siglo XX Suecia disfrutaba de la segunda mayor tasa de crecimiento económico del mundo. Ahora ha caído al puesto 14 debido al tremendo incremento de impuestos.

Los ingresos estatales en Europa occidental se destinan mayoritariamente a apoyar a los desempleados, y por ende desincentivan el trabajo. Durante la última década, la tasa de desempleo de la UE-15 se ha movido entre dos y medio y tres puntos por encima que en Estados Unidos. En Francia y Alemania ha ascendido hasta cifras de dos dígitos (y esto fue antes de la crisis financiera global que empezó en 2008). La tasa de desempleo de larga duración en Europa occidental ha sido tradicionalmente varias veces más alta que la de América, algo que denota la presencia de una importante minoría sin trabajo o que trabaja al margen de la ley, a menudo para negocios familiares, a la vez que sigue recibiendo el subsidio por desempleo.

Estos dos factores, la inmigración y la economía, están íntimamente conectados. Mientras que algunos grupos de inmigrantes en Europa, como los indios y los asiáticos orientales, han gozado de tasas de desempleo relativamente bajas y de ingresos abundantes, el grupo inmigrante más grande, los musulmanes, se han convertido en una carga tan pesada que los gobiernos se han visto obligados a recortar de forma importante los servicios públicos para mantener los gastos del Estado de bienestar. Se han cerrado clínicas y unidades de Urgencias, reducido la plantilla de los hospitales, recortando el gasto militar y policial, eliminado la oferta de cursos universitarios, y así sucesivamente. Según un informe realizado el año pasado por el think tank Contribuables Associés, la inmigración reduce en dos tercios el crecimiento económico de Francia. En 2002, el economista Lars Jansson calculó que la inmigración costaba a los contribuyentes suecos alrededor de 27.000 millones de dólares anuales y que hasta el 74% de los miembros de grupos inmigrantes en Suecia no pagaba impuestos. En 2006, la Confederación de empresarios noruegos advirtió a la empresa petrolera del país, que obtiene unos beneficios enormes del petróleo del Mar del Norte, la fuente de la riqueza de la nación, que Noruega podría acabar agotada debido a la cobertura social a los inmigrantes. Hablamos de un país cuyas carreteras, según indica un informe publicado el año pasado, están en peor estado que las de Albania.

Las últimas décadas han dejado tres cosas claras en Europa. Primero, los sistemas socialdemócratas de bienestar funcionan mejor en naciones (preferiblemente pequeñas) étnica y culturalmente homogéneas cuyos ciudadanos, viéndose a sí mismos como miembros de una familia extensa, no están dispuestos a aprovecharse de las provisiones estatales dedicadas a los necesitados. Segundo, el mejor modo de destruir tales sistemas de bienestar consiste en traer un gran número de inmigrantes procedentes de sociedades pobres, opresivas y corruptas, cuyas reglas del juego consisten en arrebatarte cualquier cosa que caiga en sus manos. Y tercero, el sistema perecerá de un modo todavía más rápido si muchos de estos inmigrantes son fundamentalistas musulmanes que contemplan la bancarrota de Occidente como una contribución a la Yihad. Añadan a todo esto el creciente poder de una burocracia que no ha sido elegida por las urnas y que ha estimulado la inmigración musulmana y tomado medidas para castigar las críticas, criminalizando en 2007 la “incitación al racismo, la xenofobia o el odio en contra de un grupo racial, étnico o religioso”. Así las cosas, es fácil entender por qué muchos europeos occidentales que valoran sus libertades se resisten al liderazgo de unas elites que no quieren ver los problemas.

Las elecciones generales celebradas en noviembre de 2001 en Dinamarca supusieron el rechazo más decisivo (y exitoso) hasta ahora al establishment izquierdista europeo. Alarmados por un estudio ampliamente publicitado que advertía sobre la evolución del país hacia una mayoría musulmana en 60 años de no variar las tasas de inmigración, los votantes daneses tumbaron a los socialdemócratas por primera vez desde 1924. La nueva coalición de gobierno liberal-conservadora, reelegida en 2005, ha introducido las reformas sobre inmigración e integración más profundas del continente, incluyendo normas diseñadas para impedir la práctica casi universal entre las comunidades europeas de musulmanes de matrimonios de sus hijos con primos extranjeros para que estos también pudieran emigrar a Occidente. El resultado es que el flujo de llegada de nuevos musulmanes ha descendido significativamente, permitiendo al Estado concentrar sus recursos en el inmenso desafío de intentar integrar a los musulmanes que ya viven en Dinamarca. El primer ministro Anders Fogh Rasmussen también defendió con vigor la libertad de expresión durante la crisis de las caricaturas de Mahoma y permaneció firme ante las protestas mundiales de los musulmanes contra Dinamarca y ante las súplicas de otros líderes occidentales para que desistiera de su postura.

Los giros derechistas en Europa más conocidos en los Estados Unidos son el de Alemania, donde Angela Merkel se convirtió en canciller en 2005, y el de Francia, donde Nicolas Sarkozy consiguió la presidencia de la nación en 2007. Estos acontecimientos, así como la victoria de Silvio Berlusconi en Italia en 2008, estaban firmemente enraizados en el reconocimiento público de la necesidad de liberalización económica. Si atendemos a criterios franceses, la retórica de la campaña de Sarkozy fue como poco pasmosa: al afirmar que “la revolución de 1968″, un evento sagrado para el establishment izquierdista francés, no había liberado a Francia sino que “nos condujo hacia el declive moral”. Sarkozy insistía en que su Francia deseaba garantizar el crecimiento y tenía que pasar menos tiempo en los cafés y más en el trabajo.

Dos países más se han movido hacia la derecha en las proximidades de la valiente y pequeña Dinamarca. En Noruega, el Partido del Progreso, tildado por el establishment político y mediático como racista y económicamente irresponsable, rivaliza en estos momentos con el Partido Laborista, arquitecto del estado del bienestar del país, gracias a las preocupaciones de los votantes sobre la inmigración y los servicios públicos. Aunque la crisis financiera ha ocasionado un descenso en su nivel de apoyo, los recientes disturbios protagonizados por musulmanes y los debates en torno al velo musulmán han vuelto a disparar a este partido en las encuestas, hasta el punto de que parece una buena apuesta de cara a las próximas elecciones parlamentarias en septiembre. De todas formas, el Partido del Progreso estará en una situación más comprometida si, como parece probable, los demás partidos de centro y derecha rechazan unirse en un gobierno de coalición liderado por él. En Suecia, quizás el último símbolo de la socialdemocracia, los votantes, mayormente preocupados por el desempleo y otros asuntos económicos, desalojaron al poderoso Partido Demócrata en 2006. En su lugar instalaron una coalición centro-derecha liderada por los moderados de Fredrik Reinfeldt, que prometió ayudar a los empresarios y bajar los impuestos.

Demostrando una especie de esquizofrenia específicamente europea, muchos dentro de la izquierda y la derecha se han resistido últimamente a reorganizar el Estado del bienestar pese a reconocer la necesidad de hacerlo, como si el salto filosófico requerido fuese demasiado grande. Después de todo, en Europa occidental incluso la derecha convencional tiende a ser estatista. En 2005 la corresponsal de la Cadena de Radio Pública de los Estados Unidos Sylvia Poggioli señaló que “el concepto de Estado del bienestar desde la cuna hasta la tumba está tan profundamente arraigado en la mentalidad danesa que ni siquiera los conservadores se atreven a tocarlo”. Ivo H. Daalder ha defendido el mismo punto de vista en un informe de 2007 para el think tank Brooking Institution. En él escribe que “cuando se habla sobre la derecha en Europa, se habla de una clase política muy intervencionista que aún cree que el Estado juega un papel fundamental a la hora de guiar la economía como se supone que debe hacerse.”

En definitiva, no es ninguna sorpresa que los nuevos líderes de Europa hayan llevado a cabo cambios económicos relativamente modestos. Es cierto que Sarkozy ha elevado la edad de jubilación de los funcionarios estatales (provocando una huelga de transporte) y que ha terminado con la jornada francesa de 35 horas de trabajo a la semana. Pero desde el principio, los socialdemócratas alemanes, aceptados como compañeros de gobierno de Angela Merkel debido a su estrecho margen de victoria, han limitado la capacidad de la canciller para llevar a cabo reformas económicas importantes. En abril de 2008, Judy Dempsey se hacía eco en The Herald Tribune no sólo de que la coalición había “seguido su curso”, sino de que la misma Merkel se había visto “forzada a moverse a la izquierda”, aumentando las pensiones y dando un paso atrás en la reforma radical del mercado de trabajo, irónicamente introducida por su predecesor socialdemócrata, Gerhard Schröder, con el objetivo de que los ancianos volvieran a trabajar mediante la reducción de las pensiones. En los inicios de la actual crisis económica, el escritor alemán Henryk Broder decía que “incluso se está produciendo un debate en torno a conceptos como expropiación y nacionalización, algo impensable hace un año”.

En cuanto a Suecia, poco después de la victoria electoral del centro-derecha en 2006, los comentaristas económicos Stanley Reed y Ariane Sains parafraseaban a Reinfeldt en el sentido de que “su idea no es desmantelar el adorado Estado de bienestar sueco… eso sería demasiado polémico”. Según me cuenta el pensador social de la Universidad de Lund Jonathan Friedman, la mayor innovación introducida por Reinfeldt ha sido el esfuerzo “parcialmente exitoso” de “sacar a la gente de los subsidios e introducirla en el mercado de trabajo”. La política económica de Reinfeldt incluía privatizaciones, impuestos más bajos y el fomento del espíritu empresarial, medidas que según señala Friedman “comenzaron con el gobierno anterior”.

Mientras tanto, y con la importante excepción de Dinamarca, los nuevos gobiernos no socialistas han dejado la desastrosa política de inmigración e integración de sus predecesores casi intacta. La desafiante retórica de Sarkozy a propósito de los disturbios musulmanes en los suburbios de París suscitó grandes esperanzas un cambio importante. Pero aunque el pasado mes de julio anunció que la inmigración sería uno de los asuntos más importantes de la presidencia francesa de la UE, ha hecho bien poco, incluso en inmigración legal, la mayor parte de la cual consiste en Europa occidental en la importación de cónyuges a través de matrimonios arreglados y a menudo forzados. Sarkozy parece pensar que la creación de puestos de trabajo y otras medidas económicas bastarán para resolver los colosales problemas migratorios de Francia.

Por su parte, Merkel protagonizó un momento brillante cuando insistió en que la compañía de ópera alemana estrenase una producción de 2006 de Idomeneo de Mozart que los líderes musulmanes habían condenado por ofensiva. Pero el enormemente publicitado Plan de Integración Nacional aprobado el año siguiente consistía en medidas insuficientes como el aumento de las clases de alemán financiadas por el Estado, un esfuerzo para que los inmigrantes practicasen deportes, y algo que parece increíble: un programa que se ocupaba de la violencia contra las mujeres, una práctica permitida por el Corán y muy común en las comunidades musulmanas que ofrecen consejos en Internet. A pesar de que la señora Merkel describiera estas políticas patéticas como “un hito”, Broder las califica de forma más precisa como “acciones delirantes”, “otra forma de evitar conflictos en el seno de su coalición de gobierno”.

Para Suecia, Friedman afirma que Reinfeldt ha perseguido “una variante de la política habitual” sobre inmigración e integración. Lars Hedegaard, presidente de la Sociedad Internacional para la Libertad de Prensa, insiste en que los esfuerzos suecos para estimular el empleo “a la larga se demostrarán indudablemente ineficaces” porque “el problema fundamental es demográfico. Suecia sigue siendo la mayor importadora europea de inmigrantes musulmanes que no están dispuestos a ser asimilado y cuyos imanes les ordenan detestar la cultura sueca. En tanto y cuanto el gobierno sea incapaz de atacar este problema básico, todo lo demás no servirá para nada”.

Sarkozy ha acometido una iniciativa de perfil alto que parece desastrosamente concebida de un modo muy francés: desarrollar vínculos más formales y cercanos entre Francia y los países árabes de los que recibe la mayor parte de los inmigrantes. Incluso ha llegado a hablar de una “unión mediterránea”. Un texto de Michalis Firillas publicado en enero de 2008 en el diario israelí Haartez resume claramente el plan de Sarkozy: “para algunos, esta unión es una política de contención, para otros es neocolonial.” Pero también es una apuesta de Sarkozy por la grandeur francesa, esa aura de grandeza que intenta vincular el dispar Mediterráneo en un nuevo y riguroso cuerpo político. Desafortunadamente, quizás encuentre otros con quienes compartir visiones similares de grandeur, desde Ankara a El Cairo pasando por Jerusalén y Tánger, aunque estos tengan sus propias visiones del Mediterráneo”. De hecho, el plan de Sarkozy parece una continuación de los esfuerzos de sus predecesores izquierdistas para atraer el mundo árabe hacia la influencia francesa, esfuerzos que terminaron subvencionando la colonización de los suburbios franceses por árabes que ahora los consideran parte del Islam.

El giro europeo a la derecha no sólo no ha contado con resultados concretos, sino que no se ha producido de forma generalizada. En Gran Bretaña, los tories parecen listos a retomar el poder después de la larga decadencia del laborismo. Aunque las diferencias ideológicas entre los partidos se ha estrechado mucho en los años recientes, y el vacío de poder es muy pronunciado, es difícil imaginar que el desalojo de los laboristas conlleve un impacto remotamente comparable al de la elección de Margaret Thatcher en 1979. Al contrario, el columnista conservador Peter Hitchens ha apuntado recientemente que hoy en día “no puedes gobernar a menos que te inclines por la elite de “centro-izquierda”, especialmente la que domina los medios de comunicación”. Una elite que, como demostró claramente el discurso del año pasado del arzobispo de Canterbury, que contempla la legitimidad de la Sharia en algunos lugares del país, se basa en el apaciguamiento del fundamentalismo islámico.

En un movimiento que ha sido visto mayormente como una capitulación a los islamistas, España respondió a los atentados terroristas de marzo de 2004 en Madrid votando al Partido Socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, quien de forma inmediata retiró las tropas españolas de Irak. El año pasado, Zapatero fue reelegido por un estrecho margen. Según explica el columnista liberal Antonio Golmar, las iniciativas izquierdistas radicales del Zapatero han destruido el consenso centrista establecido tras la introducción de la democracia por parte del rey Juan Carlos I en los años setenta. Entre estas iniciativas figuran la Ley de Memoria Histórica, que presenta a asesinos en masa de izquierdas en la Guerra Civil como heroicos luchadores por la libertad, mientras que estigmatiza a muchas de sus víctimas inocentes como fascistas, así como la introducción en todas las escuelas de clases de “ciudadanía” que enseñan el odio al capitalismo y a la democracia representativa.

Como respuesta a esto, algunos españoles han virado hacia una derecha nacional-católica, la ideología protofascista de los tiempos de Franco que cada vez tiene más eco dentro del conservador Partido Popular. En consecuencia, afirma Golmar, “en España los moderados están atrapados entre una administración de extrema izquierda y sus compinches y el resurgir de una extrema derecha disfrazada con atuendos conservadores e incluso liberales”. Mientras América se esfuerza en superar sus antagonismos de los años sesenta, España se ha introducido en una batalla ideológica reminiscente de los años que precedieron a su Guerra Civil. No parece que haya mucho espacio para los que detestan tanto a los neo-marxistas como a los neo-reaccionarios.

La situación en España es un recordatorio de que no todos los “giros a la derecha” han surgido iguales. Si bien los daneses han afirmado la libertad individual, los derechos humanos, la igualdad sexual, el Estado de derecho y la libertad de expresión y religión, algunos europeos occidentales han reaccionado al multiculturalismo irresponsable de sus líderes socialistas abrazando alternativas que se asemejan peligrosamente al nazismo. Piensen en el recientemente fallecido Jörg Haider en Austria, que minusvaloró el Holocausto, rindió honores a los veteranos de las SS y encontró aspectos admirables en el nazismo. En 2000, su Partido de la Libertad se convirtió en parte de una coalición de gobierno, provocando el aislamiento diplomático temporal de Austria en el seno de la UE. El pasado mes de septiembre, su nuevo partido, la Alianza para el Futuro de Austria, alcanzó el 11% de los votos en las elecciones parlamentarias. También está Jean-Marie le Pen, que definió el Holocausto como “un detalle en la historia de la Segunda Guerra Mundial”, abogó por la cuarentena forzosa de las personas que den positivo en el test del VIH, y cuyo Frente Nacional de extrema derecha alcanzó en 2002 el segundo puesto en la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas. Por su parte, el Partido Nacional Británico (British National Party o BNP), que sólo admite afiliados blancos y niega rotundamente el Holocausto, alcanzó más del 4% de los votos en las últimas elecciones municipales de Londres. Y por supuesto también tenemos al partido Vlaams Belang (Interés Flamenco), el antiguo Vlaams Bloc, cuyos líderes tienen una penosa tendencia a ser pillados cantando canciones nazis y comprando libros nazis. En 2007, obtuvo 5 de los 40 escaños del Senado de Bélgica.

Para los políticos, periodistas y académicos del establishment, estos partidos sirven un propósito extremadamente útil: su existencia permite tachar a cualquier partido no socialista de fascista, calificándolo como racista y xenófobo, igualando a sus líderes con gente como el Le Pen y Haider y estigmatizando a sus seguidores. Ningún partido ha sido objeto en Europa de ataques más injustos que el Partido del Progreso de Noruega, cuyo extraordinario éxito electoral ha escandalizado a la elite socialista del país. Como otros partidos de lo que llamaríamos la derecha respetable de Europa, el Partido del Progreso se ha distanciado expresamente de formaciones como el Frente Nacional y el Vlaams Belang, si bien estos desmentidos no han impedido que los medios americanos se hagan eco de las injustas calumnias del establishment izquierdista.

Un ejemplo seminal fue un artículo de Marlise Simons sobre Pim Fortuyn publicado por el diario The New York Times en marzo de 2002, que describía en su titular al político holandés como un “orgulloso gay que hace desfilar a Holanda hacia la derecha”. Aunque Simons reconocía que Fortuyn criticaba al Islam porque este no ofercía “igualdad para hombres y mujeres y porque… los imanes aquí predican sobre los gays en términos ofensivos”, sin embargo se hacía eco de la caracterización convencional según la cual Fortuyn es una amenaza para los valores holandeses. También se aseguraba de mencionar la habitual comparación con Mussolini y Haider. Pocas semanas después, Fortuyn era asesinado por un fanático.

La misma clase de retórica incendiaria que los holandeses emplearon contra Fortuyn puede verse ahora en la cobertura izquierdista americana de cualquier político o partido europeo que no sea socialista. El comentario de Gary Younge publicado en The Nation en 2007 es típico de esta actitud: “en Europa, la vieja derecha está llena de odio.” de acuerdo con Younge, “la principal amenaza a la democracia en Europa no es el ‘islamofascismo’… sino el viejo fascismo de siempre. Del tipo que emplean la mayoría de los blancos europeos para aterrorizar a las minorías en las calles”. Una estupidez que corta la respiración: aunque de hecho el auge de partidos como el BNP sea desasosegador, sigue siendo cierto que, si aplicamos un criterio conservador, por cada acto de violencia anti-musulmana, se producen 100 de violencia musulmana contra los infieles.

¿Quién ganará la guerra por el alma de la Europa occidental? ¿Serán los islamofascistas y sus pacificadores multiculturalistas, muchos de los cuales parecen creer que su trabajo no sólo consiste en defender la democracia sino en facilitar la transición a la Sharia? ¿Acaso los criptofascistas nativistas? ¿O los herederos de Fortuyn, amantes de la libertad? Es interesante comprobar que mientras los europeos se han dirigido en una dirección, los americanos han escogido la contraria, reemplazando al presidente históricamente más detestado por la elite europea por un hombre que esa misma elite ha festejado en un grado sin precedentes, a menudo pintando su elección como un acto místico de expiación para todos los pecados pasados de América, tanto reales como imaginarios.

En consecuencia, la pregunta final es si la condescendencia de la izquierda europea hacia América y el hábito de la izquierda americana de pensar que Europa es un paraíso socialista, podrán sobrevivir a la combinación del giro europeo a la derecha y la elevación de Barack Obama. Agítese con la crisis financiera internacional, que es casi seguro que produzca un levantamiento socieconómico de consecuencias impensables en ambos continentes, y parece razonable esperar que los viejos patrones se quiebren para siempre. Los profesores universitarios norteamericanos no lo pasarán tan mal cuando asistan a alguna fiesta en Europa, al menos hasta que llegue la Sharia y prohíba los cócteles.

Publicado por Bruce Bawer en Wall Street Journal. Bawer es el autor de Surrender: Appeasing Islam, Sacrificing Freedom, (Rendición: el apaciguamiento del Islam y el sacrificio de la libertad) de próxima publicación.


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  2. [...] Juan Vigo, socialdemocracia, judaísmo y multiculturalismo [...]

Comentarios

  • Nairu dice:

    Interesante artículo. Me ha hecho gracia que citen a Antonio Golmar.¿No ponéis el nombre del traductor?

  • libertymad dice:

    Una vez más, Bawer pone el dedo en la llaga. Fortuyn no tiene herederos. Ni los apaciguadores socialistas y democristianos (¿acaso cree el Papa que abrazándose a los islamistas y colocándose un pañuelo palestino va a conseguir que los islamofascistas le perdonen, como ETA a los separatistas catalanes?) ni la Nueva Derecha nacional-populista o teocrática pueden responder a la amenaza islamista de forma adecuada. La solución al totalitarismo no es parecernos a él, sino combatirlo con su alternativa. Libertad individual y un Estado fuerte en lo que importa, la seguridad y la respuesta rápida y eficaz a las agresiones violentas.

  • Juan Vigo dice:

    Soy economista y estoy escribiendo un libro-ensayo de aproximadamente 800 páginas bajo el título provisional: “La invasión afroasiática y el ocaso de Occidente”, aunque todavía no he tomado contacto con ningúna editorial o agente literario.
    Bruce Bawer apunta algunos detalles interesantes de tipo económico-social, pero carece de conocimientos sobre genética y biología racial. Desconoce que el temperamento, carácter,comportamiento, inclinaciones y prestaciones de todos los animales, —incluidos los humanos— vienen condicionados por la componente genética, esto es, la raza. Su desconocimiento, le hace suponer que estas masas afroasiáticas pueden ser “asimiladas o integradas”, sin mayores consecuencias para Occidente.
    Desconoce, asimismo, que los principales medios de comunicación en cada uno de los países Occidentales,(en Suecia tanto como el 70%) son propiedad de familias de origen judío. Sin este apoyo mediático masivo, la Socialdemocracia como ideología, habría desaparecido de Occidente, y con ella, el “multiculturalismo”.

  • Mario García dice:

    Dejando a un lado que el comentario de Juan Vigo es netamente racista (¿la raza como determinante del temperamento? ¿Los judíos como culpables de la caída de Occidente? Tío, estás enfermo), las estadísticas sobre las posturas de los musulmanes son bastante complejas de interpretar.

    Que el 14% aprobaba los ataques a las embajadas danesas como castigo contra las famosas caricaturas de Mahoma es ciertamente preocupante, pero no me extrañaría que fuese una cifra similar al número de españoles que comprenden una agresión a un inmigrante. Lo mismo se podría decir del 13% que apoyaba la violencia contra los que insultan al Islam. Por otra parte, el 20% que simpatizaba con los atentados de julio de 2005 en Londres es totalmente incoherente con las cifras anteriores: ¿cómo es posible que sólo un 13% apoye la violencia contra los que insulten al islam y que el número suba hasta el 20% para el apoyo a los atentados?

    Por otro lado, sería interesante preguntarle a un católico si cree que el Estado denería seguir reconociendo los actos de Derecho Canónico como actos jurídicos válidos para amplios ámbitos de la normativa de familia.

    Resulta evidente que la integración cultural de los inmigrantes musulmanes es la más compleja de todas. Yo no soy partidario de la asimilación cultural: establecer un criterio religioso para admitir inmigrantes sería dudosamente respetuoso con los principios democráticos en que se basan nuestras sociedades; pero sí soy consciente de que una sociedad estable requiere una báse ética común que facilite la convivencia.

    Pero mucho cuidado con dar el salto de caer en la xenofobia, como hace el amigo Juan Vigo.

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