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Los medios y el lavado de imagen del Islam

Por Siracusa 2.0

Junio 9, 2009

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En los días desde el cacareado “discurso al mundo musulmán” del presidente Obama, varios comentaristas han señalado que Obama, que se describe a sí mismo como un “estudiante de historia”, se las arregló para servirnos un pastiche de medias verdades, exageraciones y completas tonterías sobre historia islámica, y que incluso en sus momentos de mayor coraje -como cuando criticó el trato a las mujeres en las sociedades musulmanas-, apenas fue lo firme que requerían las circunstancias.

No es una coincidencia que los comentaristas que han señalado estos puntos lo hayan hecho, casi sin ninguna excepción, no en los grandes órganos de los medios de comunicación, sino en lugares como Pajamas Media. Para la halagadora visión del Islam servida por Obama en El Cairo -la celebración de imaginarios logros islámicos en la ciencia y la cultura, la evocación de una edad de oro andalusí en donde los cristianos y los judíos eran tratados con respeto e igualdad, y las referencias al Corán que hicieron que pareciera el Sermón de la Montaña- son del mismo estilo que las ficciones sobre el islam que se encuentran corrientemente en la prensa mayoritaria. Esto es ciertamente así para el New York Times, y es igualmente el caso del Washington Post, un hecho que será obvio para cualquier lector de mi nuevo libro, Surrender: Appeasing Islam, Sacrificing Freedom, cuyo índice incluye la siguiente entrada:

Washington Post, 66, 102, 103, 149-51, 156, 163-64, 238, 262, 263-64, 276

Bien, con la única excepción de la última referencia del Post (en la página 276, un comentario aprobatorio sobre la columnista Anne Applebaum), todas mis menciones en Surrender sobre el Post apuntan a la previsibilidad con que el periódico se aferra a lo que podríamos llamar la visión idílica del islam, como si el islam fuera, digamos, poco más que Episcopalianismo con alfombras de oración y burkas.

En la página 102, por ejemplo, me refiero al discurso de 2008 en el que el editor jefe del Post, Philip Bennett, “lamentaba que los medios, incluyendo su propio periódico, hayan fracasado a la hora de ofrecer al público americano un entendimiento claro del islam.” Tenía razón, pero su argumento no consistía en que el Post eludiese constantemente la severidad de la doctrina islámica y blanqueara los puntos de vista islámicos sobre la libertad de expresión y la religión, los derechos de las mujeres, y demás. No, su argumento consistía en que él y su periódico retratan al islam de manera demasiado negativa. ¿Cuál era la respuesta a este dilema, desde su punto de vista? Emplear a más reporteros y editores musulmanes.

Luego tenemos la página 150, donde cito un blog de la página del Post/Newsweek por el destacado apologista del Islam John Esposito. Esposito es el director y fundador de algo llamado Centro Príncipe Alwaleed bin Talal para el Entendimiento Musulmán-Cristiano en la universidad de Georgetown, lo que significa que la familia real saudí le paga el sueldo. Lo que, a su vez, significa que el Washington Post y el Newsweek encargan a un hombre a sueldo del régimen islámico más opresivo del mundo la tarea de ofrecer datos objetivos sobre el islam. Este perverso estado de cosas es, por desgracia, moneda corriente en los medios mayoritarios de hoy en día.

Pasemos a la página 156 de mi libro, donde leerán acerca de un blando cuestionario del Post sobre Tariq Ramadan, un niño mimado de los medios, que no mencionaba, entre otras cosas, su rechazo a condenar la pena de lapidación para adúlteras, ni ponía a prueba el descarado esfuerzo de este islamista acérrimo por aparecer como un moderado. En la página 164, anoto que el Post y el New York Times, publicaron exactamente el mismo día (20 de junio de 2007) un artículo de opinión del portavoz de Hamas, Ahmad Yousef. En la página 238 señalo que, mientras que la página de opinión del Post publicaba no sólo la propaganda de Yousef, sino de otros pesos pesados de Hamas y Hezbollah, rechazó un artículo de opinión encargado a Sam Harris sobre el cortometraje de Geert Wilders Fitna por ser “demasiado crítico con el Islam.” En resumidas cuentas, como escribo en mi libro: “Harris era demasiado extremista para el Post, pero Hamas no.”

Finalmente, en la página 263, menciono un artículo de Feisal Abdul Rauf publicado en 2008 en la página web del Post/Newsweek en el que se argumentaba nada menos que a favor de la “integración de la Sharia” en el derecho occidental, un cambio que Rauf presenta nada menos que como justo, incluso aunque implicaría (entre otras muchas cosas) convertir la homosexualidad y el adulterio en crímenes capitales.

Como este lamentable historial sugiere, desde el 11 S, el Washington Post se ha posicionado inequívocamente sobre el Islam: en el nombre del progresismo y la tolerancia, ha escogido minimizar o pasar completamente por alto los muchos aspectos extremadamente antiliberales e intolerantes de la fe de Mahoma. Y, a la vez que abraza las mendacidades de John Esposito y los de su cuerda, y legitima la desinformación de los terroristas publicándola en su página de opinión, el periodico rechaza, distorsiona y demoniza de forma habitual a aquellos que osan decir verdades incómodas sobre el islam.

En consecuencia, no sorprende que, cuando el Post publicó una reseña de Surrender el pasado domingo, no fuera más que otro espléndido ejemplo de su política sobre el islam. Surrender contiene casi trescientas páginas de pruebas meticulosamente documentadas de que líderes, medios, escritores y artistas occidentales entre otros (algunos motivados por el miedo, otros por un equivocado “respeto” multicultural) están censurando y autocensurándose, embelleciendo los hechos acerca de las creencias islámicas, de sus prácticas y de su historia, poniendo en la picota a quienes no les siguen y, como resultado, erosionando libertades preciosas. Se trata de una verdadera crisis para mundo libre. Pero la reseña del Post trataba los hechos como si fueran las alucinaciones febriles de un chiflado.

Consideremos mis comentarios sobre la Sociedad Islámica de Norteamérica. El experto en terrorismo Steve Emerson ha descrito el ISNA como “un frente de hermandad musulmana con un largo y documentado historial de apoyo al terrorismo.” Y aún así, el crítico del Post, Paul A. Barrett, se burla de mis críticas del ISNA calificándola de “inocua”, y a su lider como un “moderado”. De hecho, ahora parece que casi cualquier musulmán u organización musulmana que afirme rechazar la violencia -sin importar quién sea, sus creencias religiosas, puntos de vista sociales y conexiones clandestinas- pasa por “inocuo” y “moderado” a los ojos de periódicos como el Post.

Abundando, Barrett escribió que “Bawer bordea la autoparodia cuando afirma que los musulmanes han intimidado a los escépticos hasta llevarlos a la autocensura y la inacción”. Es como si los incontables ejemplos que cito en mi libro simplemente no existieran. No debemos tener ninguna duda de que nos encontramos en tierras orwellianas. ¿Qué hacer con semejante negación de la realidad a una escala tan colosal? ¿Cómo puede siquiera el pánico más cerval a la venganza (o a ser calificado de racista o islamófobo) llevar a miembros supuestamente responsables del establishment cultural occidental a decir que dos y dos son cinco?

“Su propio trabajo”, se burlaba Barrett, “muestra que los críticos del islam no tienen problemas para publicar”. Sí, y el asesinato de Theo van Gogh, y el estilo de vida actual de personas como Ayaan Hirsi Ali, Geert Wilders, Robert Redeker y Fianna Nierenstein -que tienen que ir a todas partes acompañados de escoltas armados- muestran que algunos de los críticos del islam tienen bastantes problemas para seguir vivos. Pero las penalidades que sufren estos valientes campeones de la libertad lisa y llanamente no significan nada para los tipos como Barrett -o, lamento decirlo, los directores del Washington Post.

- Por Bruce Bawer. Publicado en Pajamas Media


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